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BUTÁN, by Ernesto García Dresbach

Desde que hace muchos años comencé a ejercer esta apasionante profesión, Bután ha estado siempre entre aquellos destinos que me propuse conocer antes de morir. Por fin hace un par de años pude viajar hasta este reino perdido de los himalayas, único país del mundo que mide su progreso según la denominada Felicidad Interior Bruta. Si como destino el país impresiona, son sus gentes las que realmente dejan huella en el visitante. Su amabilidad e inocencia y su carácter hospitalario me transportaron en una especie de máquina del tiempo a mis primeros viajes a Asia a principios de los ochenta.


Visité cinco de los valles más importantes del reino: Thimpu, con la única ciudad, que no cuenta con ningún semáforo pero sí con un policía que parsimoniosamente dirige el tráfico en el cruce principal; Paro, donde se encuentran en aeropuerto internacional y el monumento más emblemático del país; Punakha, donde habitualmente hace más calor que en el resto del territorio y que cuenta con uno de los dzongs o fortalezas más fotogénicos; Gangtey, con su colonia de grullas de cuello negro que migran cada año desde las lejanas mesetas tibetanas; y finalmente Bumthang, con sus impresionantes bosques vírgenes.


La constitución de Bután requiere que al menos un 70% de su naturaleza se mantenga intacta, algo que pude observar en toda su majestuosidad desde mi asiento de ventanilla en la avioneta con la que atravesamos el país de este a oeste.


Tuve la oportunidad de practicar tiro con arco, el deporte nacional, y también de disfrutar de riquísimas raciones de emadatse, ese tremendo plato a base de queso de yak y chile picante, pero nada pudo superar la emoción que sentí al formar parte de la ceremonia de acción de gracias de los monjes del monasterio de Taktsang, más conocido como el Nido del Tigre. Fue el colofón a uno de los viajes de mi vida.



Lectura recomendada: «Dawa – The story of a stray dog in Bhutan» de Kunzang Choden.




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