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Norte y Sur de ETIOPÍA, by Susana Ramos

He de reconocer que la noche anterior al vuelo a Addis Abeba tenía una mezcla de entusiasmo y nerviosismo a partes iguales.


Era mi primera incursión en el África negra y estaba eufórica por poder conocer una cultura tan diferente y al mismo tiempo no podía evitar sentir el temor a que aquel viaje fuese demasiado duro. Y ahora, echando la vista atrás, repetiría la experiencia mil veces más.


El país africano que posee mayor número de monumentos declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO está plagado de sonrisas y gente amable desde el norte hasta el sur. Etiopía alardea, y con razón, de ser un país único y diferente dentro del complejo puzzle africano, una nación que esconde multitud de temores y mitos. La antigua Abisinia es, además, la única nación de África que nunca ha sido colonizada por una potencia extranjera.


Antes de partir, algunos me preguntaban: “¿Qué se te ha perdido en Etiopía? Sólo hay pobreza.” Y si bien es cierto que se encuentra miseria, también se encuentran tradiciones milenarias, una naturaleza portentosa imposible de imaginar en uno de los países más pobres de la tierra, monumentos increíbles testigos mudos de civilizaciones y leyendas mágicas.


Hete aquí, pequeñas pinceladas de lo que me enamoró…


Visitar las once iglesias excavadas en la roca de Lalibela es algo que todo viajero debería hacer una vez en la vida. No importa cuántas fotos hayas visto de estos prodigios arquitectónicos o cuánto se haya leído sobre ellas porque nada te prepara para la experiencia de asistir a una ceremonia al despuntar el alba, cuando una interminable procesión de peregrinos vestidos con túnicas blancas, recitan en tono monocorde sus oraciones.


Bahir Dar es como un gran jardín de vegetación sublime con jacarandas, limoneros, higueras… y como telón de fondo, el lago Tana: la principal fuente del Nilo Azul. Distribuidos en alguna de las islas desperdigadas por el lago se encuentran una docena de monasterios (datados entre los siglos XII y XV) de planta circular con murales que cubren las paredes de su capilla interior donde se reflejan escenas bíblicas y leyendas de la historia sagrada.


Recuerdo pensar que al visitar Gondar, más que en África, me vi en una época medieval en medio de Europa rodeada de verdes colinas. Viendo sus numerosos castillos del siglo XVII y complejos amurallados es fácil suponer por qué la llaman la Camelot de África. Este hecho, junto cal fresco clima y la abundante vegetación de los montes circundantes, recuerda más a zonas de Escocia que a la idea que solemos tener de Etiopía.


Muchos visitan Etiopía atraídos por el norte, pero el sur, con hermosas paisajes y ricas culturas, es simplemente fabuloso. Conocerlo, bien vale el prescindir de buenas infraestructuras hoteleras o carreteras asfaltadas. El sur consigue trasladarte a otro mundo, un mundo que sólo se ve en los reportajes de televisión.


El valle del Omo alberga algunas de las tribus más remotas de la Tierra: las casas tejidas y la vida tradicional de los Dorze; los increíbles pueblos fortaleza de los Konso; las aldeas étinicas de los Mursi, los Karo, los Dassanech, los Hamer; o visitar los mercados donde todos ellos se entremezclan en un ordenado caos, es una experiencia que consigue asombrar y enamorar al mismo tiempo. El sur de Etiopía se podría describir como una ventana a culturas, tradiciones y formas de vida que han permanecido prácticamente intactas durante miles de años.


Como resumen, sólo puedo decir que visitar la región del planeta donde se originó la especie humana moderna es, definitivamente, una experiencia única que solo puede ofrecer Etiopía: un país donde la vida transcurre al pie de la carretera.



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